viernes, 16 de diciembre de 2016

EL ERMITAÑO


Agenció un sarape de una telliza, que almohadillaba hinojos de quien asistía los partos de las borregas. Olía a orines, a óxido, a heno, a polvo, a retama, a moñiga y a leche cortada. Tapábale el cuerpo donde la barba no lo hacía. Una barba de ermitaño que parecía impostada. Luego de apuñar a un choto los cuartos traseros recibió un envite descomunal de una vaca bizcuerna. Se condujo por el camino que ascendía la ladera, dolorido, ronzando una hortaliza apañada. Sorteó el pedregal y vadeó su sierpe cristalina. Se remojó tibias y gaznate. Casi a la manera de un animal. Dejó su huella en el cieno negruzco. Se hurgó y separó un dedo del otro y puso a la vista una membrana atacada de hongos. Rebuscó salvia entre los arbustos y se emperejiló los pies. Apresuró el paso a media tarde. Remontó la fuerte pendiente y llegó a una pared de roca. Rasguñándose, trepó dejándose la carne y las uñas y un diente, hasta la cúspide de la montaña más alta, donde a punto estuvo de caer por debilidad. No con poco orgullo. Falto de resuello, la piel sobre las costillas tensa como un tambor, exclamaría a los cuatro vientos: “¡estoy en la cima del mundo!” Escuchó el eco.

Pasado un tiempo de vivir solitario entre las breñas con un taparrabos, sedujo a una pastora de cabras, rubicunda y lozana, la cual andaba por allí. Como buen filósofo arregló su aserto anterior: “¡ahora sí que estoy en la cima del mundo!”

Resultó que la cabrera en sus ratos libres estaba metida en el mundillo editorial, así que nuestro erudito escribe ahora libros de autoayuda.

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