viernes, 22 de abril de 2011

EL DADO


“¡Carlos, llama a la policía, están intentando robarnos!”. Porfío en abrir la puerta del piso. La cerradura escupe la llave. Compruebo la letra. La planta es otra. No doy explicaciones. Los vecinos son demasiado impertinentes en este inmueble, con su bricolaje a horas intempestivas, o sus sesiones de home cinema a toda pastilla, como para dirigirles la palabra.

Entro en el ascensor. La niña pequeña en el interior, distraída, con sus manoletinas nuevas y su cartera de Pucca, me toma de la mano. A veces, es un dos o un seis. Imagino a la policía llamando por azar a mi número mientras pulso el botón de subida. La niña perdida está en el lugar más probable. Me excuso rascándome la nariz, ante un tipo de bigote hirsuto y botas altas, que toma notas de mi declaración: “La vida es un dado”, respondo.

Carlos no está, o sí, pero viste un pijama de franela tan desgastado que se avergüenza de salir a recibirme. En cambio, se queja de mi andar a taconazos, así que le zurro un puntapié en la boca y rapto a dos de los cientos de niños que lloran moqueando a todas horas en este bloque.

“¡El ascensor ya funciona!”, grita inopinadamente el técnico desde el subsuelo escaleras arriba, cuando descendemos.